Cristiano · Lo Que Dice el Texto

Una higuera con hojas dice: ya voy a dar fruto.

Un amigo ateo me preguntó si Jesús pecó. Hablando de eso me hizo otra pregunta que yo no sabía contestar: ¿qué culpa tenía la higuera?

Portada del carrusel: Una higuera con hojas dice: ya voy a dar fruto.

La historia está en Marcos 11. Jesús entra a Jerusalén, llega al templo, mira todo a su alrededor y se va a Betania con los doce. Y Marcos sigue:

«Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús tuvo hambre. Y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si quizá pudiera hallar algo en ella; cuando llegó a ella, no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Jesús, hablando a la higuera, le dijo: “Nunca jamás coma nadie fruto de ti”. Y Sus discípulos le estaban escuchando» (Marcos 11:12–14).

Ahí estaba mi duda. Señor, Tú eres Dios. Tú hiciste las reglas de la naturaleza. Tú mejor que nadie sabes que no es temporada de higos. ¿Por qué maldecir a un árbol por no dar lo que no le tocaba dar?

Lo que promete una higuera con hojas

Me puse a buscar un poquito de botánica. Las higueras en Israel producen frutos tempranos antes de la cosecha; en español les decimos brevas. Son pequeñitos, verdes, todavía no están buenos, pero ya están ahí. Y cuando una higuera va a empezar a dar fruto, lo primero que hace es sacar hojas nuevas. Las hojas son el aviso. Jesús iba buscando esos frutitos.

Resulta que una higuera con hojas ya debería traer sus frutitos, aunque falte para la cosecha. Así que esa higuera le estaba diciendo a todo el que pasaba «mírame, ya voy a dar fruto», y no tenía nada. Era como una promesa vacía.

Por qué Marcos la pone junto al templo

Marcos cuenta la historia en un orden raro: la higuera, el templo, la higuera seca. No lo hace sin querer. En el templo los rituales eran hermosos, había opulencia, había santidad que se notaba de lejos, pero por dentro era pura corrupción. Jesús no maldice a la higuera por maldecirla. Maldice una religiosidad vacía, y la higuera carga el mensaje.

Lo que Jesús había visto el día anterior en el templo era gente estafando a otros. Por eso, entre la higuera con hojas y la higuera seca, Marcos pone las mesas volcadas y estas palabras: «¿No está escrito: “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones”? Pero ustedes la han hecho cueva de ladrones» (Marcos 11:17). El templo tenía las hojas: el ritual, la ropa, la solemnidad. No tenía el fruto, que era acercar al pueblo a Dios.

Y si algo nos recalca la Biblia una y otra vez, es lo que dice Jesús en Mateo 7:20: «Así que, por sus frutos los conocerán». No por lo que hables. No por cómo te vistas. Por lo que produces.

¿Soy yo la higuera?

Ahí dejó de ser un tema de estudio y se volvió personal. Porque no estamos tan lejos de la gente del templo. Mostramos una santidad que no tenemos, o que no vivimos. Le decimos a la gente que somos cristianos porque venimos a la iglesia, y eso no te convierte en un árbol que produce fruto.

Esa es la lectura que a mí me hizo sentido, y no tienes que estar de acuerdo. Pero me pegó, porque le pregunté a Dios si yo era la higuera:

Hojas:

  • decirle a la gente que eres cristiano porque vienes a la iglesia.
  • vestirte con tu mejor ropa para que se note.
  • decir «alabado sea el Señor» en la puerta.

Fruto es lo que tu vida refleja de Cristo cuando nadie mira.

muestro santidad en todo lugar, pero no cargo fruto.

Las hojas no son malas. Una higuera sana también tiene hojas. El problema es cuando las hojas son todo lo que hay: cuando el domingo eres uno y el martes eres otro, cuando cantas con los ojos cerrados y en tu casa no se ve la paciencia, la bondad ni el perdón de Cristo.

Fruto es lo que se ve en el trabajo cuando te tratan mal, en la casa cuando llegas cansado, en la forma en que hablas de los que no están. Eso no se finge mucho tiempo. Tarde o temprano, el que se acerca con hambre encuentra lo que hay.

No es para que te sientas condenado. Es para que se lo digas a Dios tal cual: «Señor, aquí estoy. Quita mi falsedad. Quita mi careta de religiosidad». Esa oración también es el principio del fruto.

Si Jesús se acercara hoy a tu vida con hambre, ¿qué encontraría: fruto o puras hojas?