Cristiano · Lo Que Dice el Texto

Pedro lo negó tres veces. Luego se tiró al agua por Él.

¿Hay camino de regreso si ya le fallaste a Dios?

Portada del carrusel: Pedro lo negó tres veces. Luego se tiró al agua por Él.

Si te ha pasado, sabes cómo se siente. No dejaste de creer. Sigues sabiendo que Dios existe y que lo que te enseñaron es verdad. Pero le fallaste, y desde entonces algo se apagó. Ya no oras como antes. Vas a la iglesia, o ya ni vas. Y por dentro traes una frase que no le dices a nadie: «ya no tengo cara para volver».

Me regreso a lo mío

Pedro caminó con Jesús todo su ministerio. Dijo «aunque todos te dejen, yo no», y esa misma noche lo negó tres veces. Después, seguramente pensando «ya le fallé, me regreso a lo mío», dijo «voy a pescar». Toda la noche, y nada.

Mateo guarda lo que Pedro le dijo a Jesús esa noche: «Aunque todos se aparten por causa de Ti, yo nunca me apartaré» (Mateo 26:33). Unas horas después, en el patio, lo negó. Lucas cuenta que en ese momento «el Señor se volvió y miró a Pedro», y que Pedro, «saliendo fuera, lloró amargamente» (Lucas 22:61–62). No hay forma más dura de fallar: con la promesa todavía caliente en la boca.

Por eso entiendo que se haya ido a pescar. Juan lo cuenta en el capítulo 21: «“Me voy a pescar”, les dijo Simón Pedro. “Nosotros también vamos contigo”, le dijeron ellos. Fueron y entraron en la barca, y aquella noche no pescaron nada» (Juan 21:3). No es que hubiera dejado de creer. Volvió a lo que sabía hacer antes de conocer a Jesús. Es lo que hacemos cuando le fallamos a Dios: regresamos a lo conocido, a lo que no nos pide nada, a lo que no nos recuerda lo que prometimos.

Lo que encontró en la orilla

Desde la orilla alguien le grita que eche la red del otro lado. Pedro lo reconoce y se tira al agua con la ropa puesta, casi cien metros nadando.

Juan lo cuenta con un detalle que me encanta: «Oyendo Simón Pedro que era el Señor, se puso la ropa, porque se la había quitado para poder trabajar, y se echó al mar» (Juan 21:7). No esperó a que la barca llegara. No se puso a ensayar qué le iba a decir. Se aventó, como quien ve al amor de su vida y corre porque se le va.

Jesús no le dice «tú me negaste, hoy no comes». Tenía el desayuno listo, pescado y pan sobre unas brasas. No le restriega en la cara lo que hizo. Tres veces le pregunta «¿me amas?», una por cada negación, y después de cada respuesta le devuelve su llamado: «apacienta mis ovejas».

Fíjate que Jesús no hace como que no pasó nada. Tres preguntas, tres negaciones. La tercera vez, dice el texto, «Pedro se entristeció» (Juan 21:17). Duele que te pregunten lo mismo otra vez. Pero Jesús no está buscando humillarlo. Está reafirmando dónde está su corazón. Y en cada respuesta, en lugar de quitarle su lugar, se lo devuelve: «Apacienta Mis corderos». «Pastorea Mis ovejas». «Apacienta Mis ovejas».

Al fondo del mar

Nosotros no somos así. Cuando alguien nos falla, un padre, la pareja, un amigo, se lo guardamos. Guardamos el rencor para el día que lo volvamos a ver, para recordarle en su cara todo el mal que nos hizo. Y pensamos que Dios hace lo mismo con nosotros: que nos está esperando con la lista.

Dios te dice «yo te perdono», y el pecado que Él perdona lo tira al fondo del mar y nunca más se acuerda.

El profeta Miqueas lo dijo siglos antes: «Sí, arrojarás a las profundidades del mar todos nuestros pecados» (Miqueas 7:19). No es que Dios no sepa lo que hiciste. Es que decidió no restregártelo. Somos humanos, somos gente rota, vamos a fallar. Pero acuérdate de Pedro: le falló, y el mismo Señor Jesucristo lo restauró y le dio un nuevo comienzo.

Ponle nombre. A lo mejor es un pecado que se volvió costumbre. A lo mejor es el enojo con Dios por algo que no entiendes. A lo mejor solo es la vergüenza. Escríbelo, y mañana léeselo a Él como Pedro llegó a la orilla: empapado, sin discurso, pero llegando.

¿Qué es lo que todavía te tiene pescando de noche, lejos de la orilla?