Cristiano · Lo Que Dice el Texto

Le pedí milagros. Dios me contestó con una pregunta.

Le pedía a Dios ver milagros en mi iglesia. Sanidades, gente liberada, muertos levantados si Él quería. Días así, duro y dale. Hasta que me contestó con otra pregunta: «¿y para qué quieres al Espíritu Santo?».

Portada del carrusel: Le pedí milagros. Dios me contestó con una pregunta.

Yo le dije: «Señor, creo que te perdiste la primera parte de mi oración». Pero no: otra vez la misma pregunta.

Yo quería que la gente viera el poder de Dios. Que viera los milagros, que experimentara lo sobrenatural. Para eso quería al Espíritu Santo. Pero la pregunta iba más al fondo: ¿cuál era el propósito detrás de eso? Si los milagros pueden pasar, y pasan, muy bien. ¿Pero para qué los quería yo?

Lo que había detrás de mi oración

Caí en cuenta de que era algo muy ególatra de mi parte. Quería brincarme el proceso y quedarme con la recompensa. Era un capricho, una tontería. La Biblia lo llama vanagloria.

No lo estaba pidiendo de un corazón genuino, de simplemente buscar la presencia de Dios y dejarme usar por Él. Quería poder decir que Dios estaba trabajando en nuestra iglesia, y lo quería ver ya, sin pasar por lo que cuesta una vida que busca a Dios todos los días.

A lo mejor a ti te pasa con otra cosa. Le pides a Dios una puerta abierta, una sanidad, una respuesta, una señal de que vas bien. Pedir no está mal: Él nos dice que le pidamos. La pregunta es la misma que me hizo a mí: ¿para qué lo quieres?

Una iglesia llena de dones, y dividida

Lo que me ayudó a entenderlo fue la iglesia de Corinto. Lee primera de Corintios, capítulos 12, 13 y 14. Son tres capítulos y es una sola idea: Pablo empieza hablando de los dones, se va al amor y cierra otra vez con los dones.

Corinto tenía dones por montones. No le faltaba ninguno, y se notaba cómo Dios los estaba usando. Pero era una iglesia dividida. Peleaban por ver quién tenía el don más grande. Peleaban porque uno era de un bando y otro del otro, porque a uno le gustaba más cómo predicaba un pastor y a otro cómo predicaba otro. Una iglesia llena de dones, y llena de ego.

Ahí me cayó el veinte. ¿Para qué quiero ver dones y milagros si todavía no hemos llegado al nivel de amor de entregarnos los unos por los otros? Si Dios me daba lo que pedía, yo iba a empezar a creerme más santo que el de al lado. Iba a echar a perder la iglesia. Suena exagerado, pero ponlo en cualquier otro contexto y suena muy real: creemos que merecemos más que el que está a nuestro lado, y ni siquiera nos alegramos cuando a otro le va bien.

Creo en los milagros y creo en los dones. Lo que aprendí es que no son el centro: el centro es Cristo. Mi oración cambió por completo:

«no me des dones, no me des milagros. Dame el Espíritu para amar a la gente difícil».

El fruto que sí se pide

Pablo lo dice así en Gálatas 5:22–23: «Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley».

Fíjate qué va primero. El amor. Esa es la primera evidencia de que el Espíritu Santo está trabajando en tu vida. No el don más vistoso ni el culto más lleno. El amor. Lo demás viene por añadidura.

Y es difícil, porque hay gente muy difícil de amar. El hermano que sientes que no se lo merece. La gente del trabajo que es malagradecida aunque hagas todo bien. La persona que te hizo daño. Para eso le pido al Espíritu Santo: para amarlos aunque yo no se los quiera dar. Para tener paz cuando la situación está difícil, para ser más paciente, para saber esperar en Él.

Ese milagro no se ve desde el púlpito ni sale en un video. Pero es el que Dios quiere hacer en ti.

Empieza por una persona. La que más te cuesta. Ponle nombre en tu oración y pídele a Dios que te dé su amor para ella, aunque hoy no sientas nada. A veces la respuesta no cambia a la otra persona. Te cambia a ti.

Contéstale sin prisa: ¿para qué quieres al Espíritu Santo?